Feliz Navidad, Olga

diciembre 06, 2019

Llevaba tiempo queriendo participar en algo así, pero nunca me decidía. Hasta que David Rubio, desde su blog, nos planteó la posibilidad de crear un relato junto a más compañeros. Había dos alternativas: escribir un relato de terror o uno sobre el tema navideño. Detesto las navidades, tanto como el señor Scrooge, así que elegir el tema me resultó sencillo.  El participar o no, fue cuestión de un poco más de reflexión, pero acabé lanzándome de cabeza, aunque con mucho miedo en el cuerpo y muchos más interrogantes.

Varias semanas después, cuando casi tenía olvidado el asunto, descubrí en mi bandeja de correo el email que anunciaba los nombres de mis compañeros y que nos designaba como Grupo Lovecraft. La experiencia prometía. En cuanto leí el nombre que nos asignaba como grupo, me vino a la cabeza la imagen de unos tentáculos. No pude evitarlo. Igual que identifico a Poe con el cuervo...

Lo que más me intimidaba era no estar a la altura, pues yo llevaba varios meses sin escribir relatos, y se podría decir que en cierto modo, años sin escribir nada de terror, así que para buscar inspiración y ponerme al día con atmósferas, personajes, lenguaje, y no decepcionar a mis compañeros, comencé a leer algunos de los números que tengo por casa de Calabazas en el Trastero.

Tras recibir el pistoletazo de salida, los compañeros empezamos a comunicarnos vía e-mail hasta que decidimos compaginarlo con Hangouts, por aquello de que los mensajes no se perdieran en el limbo de las bandejas de correo, y aunque nos costó arrancar con el enfoque, el argumento y la trama, lo cierto es que creo que todos nos sentimos contentos con el resultado final. Hicimos una pequeña tormenta de ideas que no dio buen resultado, pero con lo del cadáver exquisito hubo más suerte y fue donde se originó el germen de nuestra historia.

Una de las claves para dar uniformidad al estilo fue decidir usar vocablos lo más "universales" posibles, y sobre todo que una vez decidido el argumento y la trama, todos trabajamos sobre el texto al completo una y mil veces. De hecho, no sé el resto de compañeros, pero yo temía que no llegásemos a tiempo para entregar el texto en plazo, por lo mucho que incidíamos en reescribir pasajes. Además yo no pude intervenir en las últimas fases (algo que siento de veras), porque tenía previsto un viaje a mi pueblo, sin una fecha definida de vuelta, aunque luego hubimos de adelantarla por causas que no vienen al caso, y allí no hay cobertura ni mucho menos una conexión a internet más o menos decente.

Pero bueno tras esas pequeñas grandes batallas con las frases, elementos e ideas sacamos adelante este texto que se hizo público en El Tintero de Oro allá a finales de octubre, más o menos. Si lo publico ahora es porque ya tenía programados hasta hoy todos mis posts semanales, y bueno, en cierto modo, con las navidades ya a la vuelta de la esquina, este texto aunque de forma un poco “retorcida” también las menciona 🤪🤣🤣🤣🤣😅😅

Espero que os guste. Pensad que fue un trabajo entre cuatro personas y eso dificulta la coherencia de estilos, etc. Así que me encantaría conocer si sabríais identificar en qué momento escribe uno u otro de nosotros, y sobre todo si os gusta el resultado final.

Cartel de reto literario

En fin, no me demoro más, y os dejo con los nombres de mis compañeros (gracias chicos por vuestra paciencia y entusiasmo)  y los enlaces a sus respectivos blogs, así como el propio relato.

Cartel de relato colectivo


Feliz Navidad, Olga

«Esta noche es Nochebuena», suena en la radio en una sucesión de villancicos.
 «Ya lo sé», piensa Olga, un ama de casa ya entrada en años. «Por algo estoy trabajando a destajo», continúa con esos pensamientos mientras monda, pica, ralla, empana y echa a la olla el pulpo. «Navidades eran las de antes; familia, alegrías, sorpresas y sueños, pero ahora... Tres hijos, ocho nietos y yo aquí, sola. Aparecerán esta noche para arrasar con lo que llevo todo el día cocinando y volverán a marcharse dejando la casa vacía. ¡Feliz Navidad!». Cierra la olla a presión y la coloca sobre los fogones encendidos. «Menos mal que este trasto sirve para algo. ¡Otro romántico regalito de David! Debí mandarle a paseo aquel día del carrusel».
 Bajo el grifo, llena un recipiente hondo. Reduce el fuego y rezonga agotada hasta la sala. Sobre la mesita del centro le aguardan un neceser y una caja de comprimidos. Se toma dos y se dispone a relajarse; es el momento de ahuyentar los problemas.
 De repente, percibe unos sollozos lejanos. Se queda quieta e intenta escuchar mejor; no son sollozos, sino el agua de la olla llegando al punto de ebullición. «Debe de haber sido mi imaginación», piensa, y continúa a lo suyo: relax, nada de preocupaciones y agua tibia, aunque en esa ocasión el agua parece un poco más caliente de lo habitual. No le da importancia, piensa que es complicado desconectar del todo y más con ese extraño sonido que parece volver a sonar de fondo, así que intenta aguantar hasta que su cuerpo se habitúe a la temperatura del recipiente. Le cuesta. Algo no va como tiene que ir y el ruido empieza a ser muy molesto. Tiene la sensación de que el agua cada vez quema más: los pies empiezan a escocerle, un dolor que sube por sus piernas y se traslada a todo el cuerpo…
 Abre los ojos sobresaltada y no identifica la estancia. Ni siquiera las paredes blancas, que adivina tras el denso vapor, le son familiares. Olga pugna por salir del hervidero en que se halla sumergida, a pesar de sus músculos aturdidos por la alta temperatura. Pero las ventosas de unos enormes tentáculos se adhieren a ella y la arrastran hacia el fondo una y otra vez, mientras el nivel del agua caliente no deja de ascender. A ese ritmo pronto se ahogará.
 Asustada, intenta librarse de su captor, pero a cada nuevo intento comprueba horrorizada como su piel se separa de su cuerpo dejando su carne desprotegida ante nuevos ataques que no dejan de sucederse. Trata de pedir auxilio, pero de su garganta no emana otra cosa que no sean lamentos sordos.
 Respira con dificultad. Tras cada nueva inmersión apenas le da tiempo a recuperar el aliento. Solloza impotente.
 Piensa que nada tiene sentido, que no aguantará consciente mucho más, hasta que una risotada le saca de su estupor. Un instante después, unos pasos se acercan a la pared que tiene delante. Allí una mano putrefacta escribe con pintalabios rojo: «¡Feliz navidad, Olga!»
 No entiende nada.
   —¿Quién eres? —grita a la aparición.
  —¿No me reconoces? —Una joven de no más de veinte años le dedica una mirada burlona consciente de que la reconocerá.
 «No puede ser», piensa Olga.
 Ha vuelto. Creía que se había librado de ella de una vez por todas, pero ahí está de nuevo: la inconfundible letra de Sonia ensuciando una pared que vira hacia un gris sucio a medida que el mensaje se transforma en sangre que resbala. Con el ruido de fondo siente como los tentáculos dejan paso a cientos de algas verdes que empiezan a subirle por las piernas, y a enredársele por el cuerpo, arrastrándola hacia un fondo cada vez más oscuro. El agua está helada. «Sonia...», piensa bajo el agua, «Todas las confidencias, todas las tardes de pipas y bancos, las notas que nos pasábamos en clase… Todo mentira. Solo me querías por interés, para acercarte a David. ¡Y todavía tuviste la desfachatez de negarlo a pesar de haberos descubierto en aquel maldito carrusel del muelle…! ¡Malditos seáis, tú y el malnacido de mi exmarido!».
 La música del viejo carrusel comienza a retumbar en su cabeza y las algas llegan a su cuello presionando sin piedad.
 Olga se recuerda cabalgando un enorme caballo de madera mientras sus padres, orgullosos, la observan felices saludándola a cada vuelta.
 El carrusel gira cada vez más rápido y la niebla comienza a disiparse. Las algas se transforman en un verde prado de hierba que su caballo mordisquea entre las carcajadas de la pequeña Olga que ríe feliz.
 Despierta sobresaltada al escuchar el pitido de la olla que suena en la cocina por encima de los villancicos. Vuelve a estar sola en casa. Sus ropas están empapadas y alrededor de sus pies, que reposan en un barreño de agua fría, unas extrañas marcas que suben por sus piernas comienzan a desaparecer. Mira las pastillas que descansan sobre la mesa.
 —Esta mierda no ha funcionado... —dice con la caja en la mano. Se levanta, regresa a la cocina y mira la olla—. Este año ha sido a través de este cacharro. 
 No hay manera. Ella siempre encuentra la forma de volver para felicitarle las navidades a su modo.




Rebeca


¿Logramos el objetivo de meteros un poco de miedo en el cuerpo? Esperamos que sí. 

Nos leemos. Un abrazo.

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Hace años, cuando escribía, casi con la misma rapidez con que llegaba el aire a mis pulmones, te invitaba a que paseases también por este rincón. Pero, por un tiempo, las letras me abandonaron y me refugié en el scrap, la bisutería y el mix-media. Producto de esa etapa nació: 


Afortunadamente, las letras han regresado a mi vida y no pienso renunciar a ellas, si puedo evitarlo.

Otras nubes interesantes

4 cazan nubes conmigo

  1. Cuando leí que era un relato en grupo, pensé que la cosa no pintaba bien... hmmm, pero la verdad es que está muy bueno este cuento!! "Feliz navidad, Rebeca"!!

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    1. La verdad es que es una tarea muy compleja coordinarse para un relato, pero el resultado era mejor de lo que esperábamos inicialmente, al menos en mi opinión, así que me alegra que te haya gustado.

      Un abrazo.

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  2. Acabo de llegar a tu blog, navegando por la web.
    Que alegría que hayas podido salir de ese pequeño bloqueo.
    Recién empiezo a leerte asi que no puedo identificar tu estilo.
    Igual no parece una historia contada por cuatro personas. Esa uniformidad que buscaban lo consiguieron y eso es todo un logro.
    El relato es intenso, y te atrapa. Hay buenas descripciones y el giro del final es interesante. Me gustó.
    Voy a seguir curioseando por tu blog. Y voy a intentar participar de tu reto. Abz!

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    1. ¡Hola, Fernando!:

      Un placer tenerte en mi rincón, y si te animas a participar en mi reto me sentiré aún más feliz. Espero que disfrutes de mi espacio.

      Un besazo.

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